Los amigos de Relectura me invitan, y debo agradecerlo, para conversar aquí sobre una relación que ellos de antemano, desde el título mismo de la tertulia, consideran que no se da de manera natural. Es decir, que entre Novela y Política no hay nada sobreentendido, que se necesita un elemento vinculante, una conjunción, en este caso la “y” interpuesta que cumple la función copulativa, para que pueda darse efectivamente esa relación. Pareciera que de otro modo, fuera de estos recursos del lenguaje, por demás tan comunes, sólo pudiéramos hablar de Novela a secas o de Política a secas. Nunca de Novela y Política como si fueran una sola y la misma cosa.
Me imagino que esta misma lógica servirá para tipificar otras relaciones, o mejor dicho otra falta de relaciones, entre Novela y Crimen, por ejemplo, entre Novela y Hedonismo, o entre Novela y Locura. Más allá del sentido pedagógico implícito en el título de esta tertulia, supongo que hay motivos más que suficientes para pensar que la Novela y la Política son dos universos narrativos taxativamente separados, dos urgencias, dos espacios, dos estéticas que sólo en momentos muy particulares llegan a cruzarse efectivamente. Y que hemos venido aquí, al menos así interpreté la propuesta, para tratar de dilucidar desde nuestras propias escrituras, desde nuestras propias novelas, en qué momento, en que circunstancias, de qué modo, puede llegar a hablarse de esos universos separados como si fuera una relación más que necesaria.
Tendríamos que preguntarnos, como si fuera una rareza del tiempo vivido, qué es lo que hace posible que en un momento dado surjan novelas como La última vez, El pasajero de Truman o Close-Up, por ejemplo. Estoy de acuerdo, formalmente, con la hipótesis de los amigos de Relectura. Novela y Política deberían ser tratadas como dos personajes absolutamente desconocidos que se encuentran en un espacio dado gracias a una modalidad, a un artificio, a una voluntad o en todo caso a un gesto que hace posible que esos personajes tan dispares, efectivamente, se encuentren, se busquen, se enreden hasta hacerse indispensables el uno para el otro.
El principio que me guía es el que esbozó en su diario el escritor polaco Witold Gombrowicz, al explicar que su novela Cosmos partía de un intento por trazar una relación, por demás antinatural, entre un gorrión colgado a un alambre y la asociación entre las bocas de dos mujeres. Juntar esas anomalías, esos problemas tan caprichosos en una novela, exigen al narrador planificar un espacio y desarrollar una línea de sentido. Lo que llama Gombrowicz elaborar un conjunto de suposiciones, de asociaciones, de investigaciones que tratan de imponer un orden narrativo.
Desde esta perspectiva, exclusivamente formal, mi novela La última vez, nace de la necesidad de tejer una relación, a partir de una fuga, entre la muerte por sida de un joven a principio de los años 90, la destrucción afectiva de una familia después de ese fallecimiento y la posibilidad casi luctuosa de reconstruir un universo urbano, político y social que se estaba desintegrando vertiginosamente en el país, el de la clase media baja caraqueña, sobre todo después del 27-F de 1989.
¿Cómo se unen esos elementos tan dispares? ¿Cuál es la estrategia en mayúsculas que guía esta construcción narrativa entre lo íntimo y lo político? ¿Es el compromiso, al estilo de la firme tradición de escritores latinoamericanos como Rodolfo Walsh, Orlando Araujo o José Roberto Duque, por citar tres ejemplos de escrituras comprometidas? ¿Es, más bien, el distanciamiento estético? ¿La sátira? ¿El giro irónico? Quiero pensar que lo que hace posible la relación entre lo íntimo y lo político en mi novela es una estrategia kafkiana: mostrar el radical extrañamiento entre el narrador-personaje y el paisaje social que lo circunda. Me plantee crear un efecto de incompatibilidad, de incomprensión entre el narrador y las señales, las claves y los afectos que se le presentan a lo largo de la novela, hasta poner en cuestionamiento su propia manera de presentarse. Buscaba crear una atmósfera de profunda desesperación e incertidumbre en la que ni siquiera la referencia al narrador pudiera ser confiable. La idea era que la sensación de incertidumbre pudiera funcionar tanto a lo interno de la historia ficcional como a lo externo, como una forma de nombrar el contexto sociopolítico que vivió mi generación, marcado por la desintegración de universos simbólicos estables, por la irrupción de nuevas estéticas, de nuevos modos de ser, de nuevas socialidades, más cercanas al caos, a lo informe, que a cualquier otra cosa. Me interesaba representar el choque de mundos, al mejor estilo borgeano, desarrollado en un cuento como Tlon, Uqbar y Orbis Tertius, modelo narrativo por excelencia de este tipo de estrategias.
En otro nivel, que escapa a lo puramente formal, el escritor es un hombre que registra la constante mutación del mundo. El escritor no flota, solitario, en un espacio galáctico como algunos personajes de Bradbury, sino que está atrapado desde el principio en el lenguaje de los otros. Pienso que la política en mayúsculas no se da en todo tiempo y lugar. La política, en cuanto se vuelve cuestionamiento, interrogantes y profunda revisión de la idea y destino de la comunidad, es un fenómeno que surge de manera intensa en períodos de gran crisis institucional, cuando desaparecen y a la vez emergen otros sentidos y estéticas de la ciudad, de un país en particular, del mundo en general.
Sin duda, cada generación en Venezuela ha estado marcada por algunos acontecimientos que colocan, en primer plano, la necesidad de la política, como materia siempre pendiente, siempre por hacerse, siempre en estado de deuda permanente. El siglo XX literario venezolano se podría contar a partir de grandes acontecimientos: la larga dictadura gomecista, la posibilidad democrática y moderna que se abrió después de 1935, la dictadura perejimenizta, la exclusión de los comunistas de la dinámica democrática de los sesenta y la consecuente guerra de guerrillas, la Venezuela saudita de los setenta, el Viernes Negro, el 27 de febrero, los golpes militares, la crisis bancaria, el fin del Pacto de Punto Fijo, la llegada de Chávez y la Revolución Bolivariana, el golpe de abril… En fin, acontecimientos que exigen cierta escritura, cierta elaboración, cierta meditación y que, gracias a Dios, no se disuelven en las conversaciones de los café, en las clases de la universidad, en los rituales del voto, no se sudan en los gimnasios y sobre las bicicletas estáticas, sino que vuelven una y otra vez en forma de novela, de ensayo, de cuentos, de poesía, de cine. Nuestra cultura puede ser contada como una larga disputa política, como un largo desacuerdo o desencuentro, que consigue su forma en la novela, por ejemplo. Proceso que incluso el escritor no llega a controlar del todo nunca, porque, como sabemos, en su literatura son otros los que hablan.
Mis libros preferidos
1.- Ficciones, Jorge Luis Borges
2.- El castillo, Franz Kafka
3.- Cien años de soledad, Gabriel García Márquez
4.- El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad
5.- Trasatlántico, Witold Gombrowicz
6.- Los emigrados, W.S Sebald
7.- El marinero que perdió la gracia del mar, Yukio Mishima
8.- El desfile del amor, Sergio Pitol
9.- Desgracia, J.M Coetzee
10.- Pedro Páramo, Juan Rulfo









