26 de febrero de 2009


A veinte años del Caracazo


La potencia constituyente del 27-F
y sus consecuencias sociopolíticas



Desde hace muchos años vengo escribiendo sobre el 27-F. Hace unas semanas conseguí en una caja polvorienta el libro que editó la Escuela de Comunicación Social de la UCV en 1990, en la que un grupo de estudiantes y profesores, donde me incluyo, buscaba afanosamente las claves fundamentales del “gran acontecimiento” que marcó a nuestra generación. Desde entonces, desde la imposibilidad misma de conseguir esas claves, de sistematizarlas, he escrito ensayos, crónicas vivenciales y hasta un capítulo de mi novela (La última vez, 2006), sin que hasta ahora pueda sentirme contento, fiel a la situación. El 27-F tiene la complejidad y el abismo de los traumas, verdadero epicentro de rebeldía, caos y dolor que sigue viviendo entre nosotros gracias a las distintas recreaciones, sobre todo hechas por sus víctimas protagónicas. El cúmulo de estrategias que he venido desarrollando alrededor del 27-F (crónicas, ficciones, razonamientos) se soporta en un resentimiento incurable y en una deuda imposible de saldar. El acontecimiento 27-F sigue manteniendo su potencia, potencia que se cierne sobre las políticas públicas, sobre el diseño de las instituciones, sobre los mecanismos de mediación. ¿Qué ha ocurrido desde entonces, desde aquel día en que la sociedad se sublevó violentamente contra el Estado? He aquí lo que escribí para la revista SIC de este mes


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Hay fechas que no tienen punto y aparte. Fechas que de pronto se rajan en dos y quedan con las tripas abiertas, fechas que inexplicablemente se desparraman más allá de sus horas y sus días, y continúan en lo sucesivo recitando el turbador monólogo de los locos y los delirantes. Hay fechas que torturan los calendarios y desquician los balances, las matemáticas, los tribunales hasta que nadie tiene una idea adecuada de cómo fueron, de por qué ocurrieron e incluso de lo que ocurrirá después. Son fechas que no consiguen una sola palabra en el diccionario que le ponga límites precisos, garitas de vigilancia o rejas eléctricas. La palabra impunidad ni siquiera logra capturarlas en toda su dimensión, ni transformarlas en un capítulo más de nuestra larga tradición en materia de represión, de vacíos institucionales y de injusticias.



Son fechas indomables que se resisten a cualquier informe forense, a cualquier versión oficial. Son fechas que se parecen al testimonio impenitente de José Arcadio Segundo, el de Cien años de soledad, que se la pasaba por todos los rincones de la novela rumiando que “debían ser como tres mil” los muertos que habían lanzado desde un tren a las profundidades del mar. Son fechas que siguen desprendiendo -a 20 años de haber ocurrido- la emanación espesa de la rebeldía, del humo, del plomo y la sangre.


Son fechas que se parecen a las tantas bombas de fósforos que lanzan los israelíes sobre los territorios de Gaza: se fragmentan en cientos de haces hirvientes que van derritiendo todo lo que consiguen a su paso, el cemento, las vigas, los huesos, pero también las instituciones, los partidos, las ideologías, los referentes. En definitiva, este cuento puede empezar a contarse a la manera de Walter Benjamín y su perturbador ángel de la Historia: el 27 de febrero de 1989 termina convirtiendo en chatarra la visión y el mito de una nación grandilocuente llamada Venezuela, y abre un espacio infinito para recuperar imaginarios perdidos del pasado y para construir una alternativa política viable para el futuro.




Ruptura, trauma y lucha hegemónica
La historiadora Margarita López Maya considera que el 27-F fue una ruptura con el proceso socio-histórico venezolano. No se trató simplemente de un evento más, ni de otra de las tantas protestas que se habían desatado en el país desde mediados de los años 80. Por su forma violenta, tiene un antecedente en las revueltas sociales de 1935 y 1936, que devinieron con la muerte del General Gómez. Pero más decisivamente, el 27-F fue una eclosión del universo de lo popular sin precedentes en la historia del siglo XX, en el contexto de una forzosa transición política iniciada con la sustitución del modelo estatista de gobierno por el esquema neoliberal que empezó a imperar a partir de entonces.


Al 27-F debe dársele el estatus de acontecimiento propiamente revolucionario. A partir de allí, la sociedad no volvió nunca más a ser la misma, y todas las formas de contención y mediación institucional que existían quedaron al desnudo en toda su inutilidad y entraron en una acelerada decadencia. Venezuela dejó atrás su larga ilusión de armonía y empezó a vivir un conflicto permanente de clases sociales, mentalidades y liderazgos.


La descomunal y masiva reacción de la sociedad no puede ser mecánicamente asociada a la fiesta encopetada de la toma de posesión de Carlos Andrés Pérez, al alza del pasaje interurbano, al incremento del precio de la gasolina, al programa de reajustes económicos o al neoliberalismo. Ninguna de las causas usualmente expuestas logra explicar con claridad la manera cómo la sociedad interrumpió y deshizo de manera violenta sus “sólidos” mitos y contratos de convivencia. Por más causas objetivas que se coloquen sobre la mesa para sopesar lo que desencadenó la revuelta, aún siguen quedando intactas las posibilidades de interpretación, de reescritura, de apropiación de esos hechos. Bien para enaltecerlos, para alentarlos, para construir a partir de ellos un nuevo imaginario de rebeldía, o bien para condenarlos, minimizarlos o silenciarlos.


El 27-F no tiene identidad concreta ni posibilidad de lectura objetiva y plena. Es, como tal, un acontecimiento inédito. Al igual que el concepto de trauma para el psicoanálisis, el 27-F plantea un radical divorcio entre lo que es objetivo y la memoria de esos hechos, entre lo ocurrido y la subjetividad como lugar incesante de creación y recreación de la realidad. De esa dislocación constitutiva surgieron los relatos políticos e ideológicos que crecieron y maduraron en los años siguientes (en términos políticos, éstos se manifiestan en el crecimiento de la Causa R, en el nacimiento de Convergencia y en la irrupción del MBR-200).


No en vano hay que agregar que si el 27-F tiene la fuerza de romper con la tradición política, con el pasado puntofijista, como dice Margarita López Maya, también tiene el poder de parir los nuevos imaginarios sociopolíticos de la Venezuela marcada por el tropiezo, el reacomodo y la lucha hegemónica. Desde el 27 de febrero de 1989, el país inició un radical proceso de sublevación de la Sociedad contra el Estado, que se manifiesta en el tremendo cortocircuito existente entre las múltiples demandas sociales y las formas institucionales, entre la pulsión social que exige inclusión y representación y las formas burocráticas encargadas de administrar los descontentos y malestares.


De lo constituido a lo constituyente

Ese proceso que se inició en 1989 puede definirse, a grandes rasgos, como el salto de la inercia institucional al vértigo y las transformaciones permanentes. Es el salto de las certidumbres a la desconfianza masiva y a la acción política incesante, ésta última con el fin de construir las nuevas identidades colectivas y la fuerza de las mayorías. Es el salto de los territorios consolidados y estables de la sociedad, con sus distintos actores y roles, a los reordenamientos acelerados y las transmutaciones simbólicas e ideológicas.


El 27-F plantea por primera vez la dinámica entre Poder Constituido y Poder Constituyente, impulsada fundamentalmente por la gente a través de organizaciones sociales y políticas nacidas en coyunturas específicas. De manera paradójica, y como para abultar la confusión de aquellos tiempos, la sublevación del 27-F coincide con el descongelamiento de las sociedades comunistas. Mientras en el mundo fenecía el modelo burocrático a la soviética, sin violencia y sin disparos, en Venezuela y en América Latina en general se impugnaba tempranamente el modelo de globalización neoliberal y se trataba de arremeter contra el pesado Estado, que había dejado de servirle a la gente desde finales de los años 70.



Quizá por los efectos de la coyuntura internacional y la condena unánime a cualquier alternativa política de izquierda, la fecha se prestó tempranamente para una lectura mezquina y miope desde las alturas del poder. Los edecanes del Consenso de Washington, los defensores del Estado mínimo, del libre comercio, de las privatizaciones y del fin de los proteccionismos –la derecha, en resumidas cuentas- consideraron por años que la sociedad sublevada del 27-F condenaba el populismo y el burocratismo devenido del lánguido Pacto de Punto Fijo. Que la sociedad en realidad pedía eficiencia, seguridad, expertos y productividad.



La miopía no sólo estaba a la derecha en esta historia. Tampoco la izquierda, enquistada desde comienzos de los años 70 en las formalidades electorales, pudo leer adecuadamente la potencia constituyente que emanaba del 27-F. Cabrujas, por citar al más célebre de los intelectuales de esa izquierda, decía que no se trataba de un saqueo revolucionario ni de una toma de palacio de invierno. Aseguraba, por esos años, que detrás de esa alegría de quienes cargaban reses al hombro en medio de avenidas y calles, o de la algarabía de los que subían televisores y neveras por sinuosas y empinadas escaleras barrio adentro, no había ninguna actitud revolucionaria. Ninguna consigna ética que se usara de pata de cabra para levantar santamarías. Lo que había, decía, era la confirmación de un juego trágico.


¿Juego? ¿Se trataba realmente de un juego? La imagen que se le había quedado grabada a Cabrujas de esos hombres y de esas horas ardorosas era la de una portentosa sonrisa inmemorial, casi macondiana, que podía definirse como la del típico “venezolano jodedor”. Lo esencial era que el tumulto y la sangre eran un producto abominable del espejo y las imitaciones: “Si el presidente es un ladrón, yo también; si el Estado miente, yo también; si el poder en Venezuela es una cúpula de pendencieros, ¿qué ley impide que yo entre a la carnicería y me lleve media res?”.


¿Por qué nos suena hoy a tan poca cosa esta descripción, ante las consecuencias que ha tenido el 27-F en el cambio del panorama político de los últimos 20 años? Razón tenía el comunista Federico Álvarez cuando denunciaba en esa fecha, y con profunda melancolía, cómo la izquierda venezolana formalizada perdía una vez más el tren de las tempestades sociales: “Nuevamente a los partidos de izquierda los sorprendió la aurora fuera de foco”.


La nueva centralidad de lo popular
El desafío fundamental de la revuelta del 27-F era construir una alternativa política viable a partir de la explosión de mayorías populares que se manifestaban al margen de las instituciones democráticas. La derecha, por un lado, aprovechó para profundizar las reformas neoliberales, alegando que el desborde social era fundamentalmente contra el Estado (y por reacción clientelar ante el recorte de los subsidios y las ayudas) y no contra los mecanismos invisibles del mercado. La izquierda, encallada en el juego de opiniones, subestimó esta eclosión social y a lo sumo concedió que era el signo de una metástasis institucional avivada por un “país de jodedores”.

Sin embargo, la tarea política estaba por hacerse, desde esquemas, estrategias, tácticas y contenidos muy diferentes a “las prácticas políticas asentadas en la era democrática”. Estaba en juego la compleja articulación de las infinitas demandas sociales y populares, y estaba en juego la construcción de un proyecto político alternativo que estuviera al alcance de los actores del 27-F, es decir, de ese pueblo que reclamó con furia inclusión, participación, protagonismo en el circuito de los bienes y una redistribución con más sentido de justicia de los ingresos.


El desafío era perfilar un proyecto que hablara como la gente de nuestros barrios, que subiera cerro y creciera con el aporte y la voluntad de los ciudadanos de a pie. La tarea no radicaba en salvar al Estado muerto, ni a los beneficiarios de la política neoliberal, pero tampoco radicaba en avivar la lucha de clases, a la manera marxista, sino de intervenir políticamente en una conflictividad social cada vez más multiforme, donde las mayorías se pudieran construir en la calle a partir de condicionamientos socioeconómicos y comunicacionales, de pasiones y discursos ideológicos y de intereses que crecían fuera del Estado. Más que una situación marxista, el 27-F generó una situación hobbesiana, una especie de guerra de todos contra todos (y de suma de todos contra todos) que fue despejando el camino para una nueva hegemonía política y para la posibilidad de erigir un nuevo Estado. Sin duda, el 27-F es el acontecimiento originario que explica nuestro presente, y su potencia se cierne como un espectro implacable y amenazante sobre las políticas públicas de hoy.


2 comentarios:

Susano dijo...

En defensa de Jose Ignacio Cabrujas, creo que hay que diferenciar los actos mismos de las consecuencias de los actos. Dudo mucho que quienes iniciaron los sucesos del 27-F, y quienes luego se sumaron por efecto de desinhibicion a lo que se habia prendido, tenian conciencia acerca de que estaban causando una ruptura de los contratos sociales. Tambien tenemos que tomar en cuenta que quienes efectivamente saquearon tiendas o incendiaron bienes (los tomadores de iniciativa) fueron necesariamente una minoria, y que el 27-F no tuvo repercusion en gran parte del territorio de Venezuela (el interior del pais suele quedar fuera de nuestros analisis caraqueñizados).

Por eso digo: una cosa es lo que ocurrio efectivamente el 27-F (no estamos hablando de un Mayo Frances, porque no le acompañó teoria alguna) y otra la dimension que adquirio luego en los medios de comunicacion y en cierto imaginario colectivo, que sigue prestandose a manipulaciones politicas que tampoco debemos tragar tan alegremente.

Yo entiendo la perspectiva de Cabrujas, y en el fondo estoy de acuerdo. Hay que tener cuidado de separar lo que ocurrió de manera concreta el 27-F (que solemos idealizar e ideologizar) de la tendencia historica general del desgaste del puntofijismo. No creo en las grandes fechas que parten en dos el destino de un pais, sino en los procesos.

Susano dijo...

Cuando ocurrio el 27-F yo tenia 14 años, obviamente no tenia mucha capacidad de analisis, pero hay algo que pense entonces y que sigo pensando hoy: nadie ese dia fue a "saquear" Miraflores, es decir, lo que ocurrio ese dia no se tradujo en una accion politica. No sera ni la primera ni la ultima revuelta violenta de este caracter en el mundo (hasta en EE UU ha habido "riots"). Pero no la podemos sobredimensionar. Los saqueos se dirigieron muchas veces a pequeños negocios cuyos dueños no eran precisamente oligarcas. Por donde yo vivo les quitaron hasta el colchon a una familia con una bodega y luego los asesinaron. Para ellos, obviamente el 27-F no tuvo nada de festivo.

 
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