20 de noviembre de 2008

A contracorriente

23-N: La rebelión de las formas

Este texto apareció esta semana en la revista Poder, que dirige Alfredo Meza. Una publicación nueva, franquicia de la versión mexicana Poder & Negocios. Alfredo tuvo la gentileza de invitarme a desarrollar una columna política allí, y este es el primer ensayo. El texto se escribió hace unas semanas, cuando la campaña electoral aún no había entrado en su fase definitiva. No obstante, sigo pensando que asistimos a la elección menos “movilizada” de todas las que hemos tenido desde 1999. La derrota del chavismo el 2-D y la parálisis crónica de la oposición han provocado cierto recalentamiento en la calle, algo “del empoderamiento” de otros tiempos no ha podido recuperarse más. ¿Un nuevo ciclo en la política venezolana?

Hay que asumir este tiempo -opaco e impredecible- sin complejos. Hay que asumirlo con fascinación, incluso, como aquel narrador de Carpentier que veía cosas nuevas en el monumental paisaje de la Gran Sabana. El escritor cubano, en un texto maravilloso de 1948, usó una frase hoy memorable para describir un espacio imposible de racionalizar y de ordenar. Llamó a ese fenómeno de incomprensión y abundancia de datos naturales y primigenios la revelación de las formas. La selva, decía Carpentier, genera una impresión parecida a la que tuvo el primer hombre ante el paisaje del Génesis, ante la eclosión creadora que produjo el mundo cristiano.

Algo de ese paisaje arrollador e impredecible de la Gran Sabana es extrapolable a la realidad política de hoy. Si la naturaleza virgen era el lugar reservado en aquella época para describir el caos, en el siglo XXI ese lugar está reservado nada más y nada menos que a la Sociedad, al Estado y a la Economía. A los asuntos propios de los hombres.

De nada sirve repetir fórmulas y quedarse pegado en prédicas gastadas. Especular, después del 15 de septiembre, tiene una pésima prensa. A los que se la pasan desde hace años anunciando revolcones electorales, palizas y demás fenómenos de “emancipación” opositora, hay que recordarles lo que le pasó a Morgan Stanley, JP Morgan Chase y Merryl Lynch, entidades que tenían 10 años poniendo la espada del “riesgo” sobre nuestra economía y fueron a parar al pipote de las empresas quebradas.

Un poco de prudencia –y fascinación, como digo- para analizar fenómenos que no se pueden predecir en este momento, fenómenos que se comportan como una auténtica revelación de las formas. Vivimos en un mundo en constante deslave, donde todas las arquitecturas fiables del pasado han venido cayendo vertiginosamente, entre ellas la última de las religiones que produjo el hombre secular: la mano invisible del mercado, la flexibilización de las economías, la autonomía de poderes y demás sandeces neoliberales.

Hay que aceptar, también, la creciente confusión que se ha producido entre lo local y lo global, de manera que ya es imposible distinguir cuáles son nuestros problemas concretos y cuáles los problemas nacionales e internacionales en los que estamos inmiscuidos. La caída de las bolsas genera despidos en recónditos lugares del mundo; los republicanos usan a Chávez como expediente para debilitar a Obama en la campaña nacional por la presidencia; una asamblea de la SIP en Madrid sirve para lanzar un misil trasatlántico a Venezuela; los rusos remontan el planeta por mar y traen una flota poderosa a nuestras costas; en un pueblo como Anaco, digamos, se discute si hay que votar en las elecciones de noviembre contra el imperialismo norteamericano; y en un exquisito café de Los Palos Grandes se dice que debemos votar, una vez más, contra el totalitarismo y la dictadura roja.

Las necesidades concretas se han hecho un problema universal y los efectos globales se sienten en nuestras calles. Esas contradicciones son bienvenidas en la era de los reacomodos, los cambios y las transiciones. Hay que asumir este tiempo sin complejos, aceptando todos los cortocircuitos. Eso sí, hay que tejer fino, en la medida de lo posible, para que las emboscadas mediáticas y las corrientes de opinión prefabricadas no sigan abultando las cuentas y la confusión.

Noviembre inaugura un ciclo en la política venezolana. Llegamos a las elecciones bajo la más profunda desmovilización desde la primavera de 2002. Los bandos no tienen expresión de calle, nadie ha podido hacer una contundente demostración de fuerza. Otrora, la escala de las mayorías cabía en la Avenida Bolívar, ahora las imágenes multitudinarias se construyen en el Poliedro o en la Plaza de Toros de Maracaibo.

Al chavismo le hizo un daño tremendo la derrota del 2-D, por los efectos de desmoralización y de “relajamiento” que se ha producido en la militancia del proceso. A eso se suma el hecho de que el oficialismo ha pasado años pagando y dándose el vuelto en casi todos los niveles de la Administración Pública, local y nacional. A la oposición, por el contrario, le está pasando factura, otra vez, el hecho de que no ha organizado nada más allá de los estudios de Globovisión. La oposición no tiene proyectos concretos, salvo aisladas excepciones, y sigue viviendo de la pantalla y de la resistencia televisiva a las iniciativas de Chávez. Hay desgaste y desmoralización, por un lado, y parálisis y show por el otro.

No hay que confundirse, sin embargo: en la Venezuela del siglo XXI la desmovilización no significa indiferencia. Este nuevo ciclo político se caracteriza porque no es fácil detectar la voluntad política en la epidermis del Metro, de los carritos, en las colas de las farmacias, en los encuentros Mercal. Se ha perdido la opinión espontánea. Eventos mediáticos como el Maletín y el Magnicidio han tenido un efecto, a lo sumo, tipo ántrax: gaseoso e insospechado.

Nadie puede saber con exactitud cómo será el mapa político después del 23-N. Quizá se produzca una rebelión de las formas, por parafrasear a Carpentier, y otros rostros aparezcan en el poder, líderes para los próximos años. El 23-N, paradójicamente a la desmovilización y al “silencio” del electorado, tiene una importancia fundamental en la dramaturgia de los cambios y los reacomodos: está en juego la normalización de la oposición dentro de la estructura del Estado, y está en juego el futuro del Psuv como organización política de la Revolución. Está en juego, para más señas, el horizonte mismo de la política: el 2012 y la consistencia del proceso bolivariano.

2 comentarios:

Ewald dijo...

Una curiosidad que planteo sólo para aprender de los que saben: ¿por qué, de todas las locaciones que enumeras donde hipotéticamente se discuten la revolución y la globalidad interconectadas, la única que merece un adjetivo de ti -"exquisito"- es el café de Los Palos Grandes?

Anónimo dijo...

Chamo, urgente, hace falta un anáisis de esos finos que usted hace con posmonernidad marxista para explicar por qué nuestros compañeros perdieron Miranda, Zulia, Caracas, y las otras vainitas esas que perdieron.
Urgente, pana, necesitamos un tanque teórico de esos que usted saca desde hace un tiempito, porque esta oposición del carajo no se rinde y no quiere que salvemos el país y la humanidad.

 
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