5 de septiembre de 2008

Ética y política en tiempos electorales


El largo e intenso período de politización que ha vivido el país –y que empieza de manera sistemática en 1998– ha sido sumamente productivo y ha servido para crear, en el tiempo, una nueva ciudadanía basada en la acción colectiva, en la creación y consolidación de valores, y en el fortalecimiento de ideologías. Un tremendo aprendizaje. Lo más importante del proceso de politización es que han aparecido dos sentimientos dominantes que traducen lógicas políticas antagónicas, lógicas que han servido en estos años, entre otras cosas, para convocar y movilizar a la gente: por un lado, ha aparecido en el tiempo una lógica política basada en la afirmación de actitudes e ideales, es decir, una visión que considera que la mejor manera de abordar la política es haciéndola, accionándola, inventándola, articulándola; por otro lado, ha surgido una política de la resistencia, es decir, una lógica política centrada en la crítica, en la desalineación, en la reacción y el escepticismo. El proceso de politización, sin duda, ha hecho parir dos visiones de la acción: una asociada a la ofensiva y otra a la re-acción.
Uno estaría tentado a introducir, a la manera que lo haría Ignacio Ávalos con sus sabias comparaciones, una metáfora futbolística para describir estas lógicas políticas: la de la acción ofensiva podría compararse con el tradicional juego brasileño, es decir, un juego de rotaciones, de improvisaciones, de toques cortos y desquiciantes, de riesgos no calculados. La segunda lógica podría asociarse con la forma de juego italiana, es decir, refugiada en el fondo, redoblada en la defensa, hecha para fracturar el tránsito fluido de la pelota en el campo. Es obvio, a estas alturas, mencionar los puntos débiles o negativos de estas dos formas políticas: el juego bonito y arriesgado consigue su punto débil en el hecho de que aparentemente domina el partido, pero al final el marcador le es adverso, porque la organización es débil en el fondo y ésta no resiste los contragolpes; en el caso del juego italiano, su necesidad no son las formas sino los resultados, se vive de batacazos y de cierta soberbia calculada, que a veces no escatima en piernas, planchas y golpes.
A estas alturas, también, podría pensarse de manera maniquea que la primera lógica está asociada con el chavismo, puesto que es el movimiento político que ha introducido en estos años una novedad, una acción ofensiva basada en el cambio y la transformación –la revolución–, que se plantea la necesidad de construir un orden político muy distinto al exiguo saldo institucional que nos dejó el Pacto de Punto Fijo. La revolución en sus distintos registros le ha planteado al país no sólo un nuevo pacto de convivencia, sino también un nuevo modelo de participación política y de relaciones socioeconómicas, que dependen de la reconstrucción de un Estado social y del estímulo, “desde arriba”, de nuevas formas de producción social. La segunda lógica podría basarse en cierta postura que no ve nada nuevo en el horizonte, que todo este proceso le parece un soberbio fastidio y que, más bien, lo que existe es una temible regresión a la fosa profunda de lo primitivo, que borra una tradición institucional brillante, asociada con la arquitectura liberal que hace énfasis en la tríada dorada de la democracia representativa, el mercado y los derechos humanos (los derechos individuales, claro, no los sociales).
Si nos guiamos por las miradas maniqueas, podríamos decir que la primera lógica avanza y conquista visibilidad, y la segunda retrocede y conserva –con arte de catenaccio– al punto de que ha hecho funcional y extensiva a todos los órdenes de la prédica política, una resistencia asociada con el sentimiento posesivo de propiedad: “con mis hijos no te metas”, “con mi Pdvsa no te metas”, “con mis campos de golf no te metas”, “con mi canal de televisión no te metas”. ¿Pero todo en Venezuela es así, tan fácil, como repartir valores y anti-valores a diestra y siniestra?

En la política del siglo XXI las cosas no son tan unidireccionales ni unívocas, por lo cual hemos venido aprendiendo, también, que hay unas complejas y muchas veces tortuosas relaciones entre ética y política, esa “morocha” desde la cual se ha tratado de definir la Política en mayúsculas. Desde el final de la Guerra Fría, y la caída del Imperio Soviético, el mundo ha venido paulatinamente borrando y confundiendo, en una auténtica dinámica de frontera y pragmatismo, lo que desde mediados del siglo XIX y a lo largo de todo el siglo XX, sirvió de yunta para una política maximalista, guiada por imperativos categóricos –principistas– que daban poco espacio a la acción aventurada, al creacionismo y a la improvisación: parte de la tremenda violencia que vivió el siglo XX, generada por la intolerancia, el fascismo y el sentimiento totalitario (tanto comunista como el de su hermano siamés, el liberalismo) se debe a que propiamente no había política sin una noción ética fuerte y precisa. No se podía valorar los medios de la política si antes no estaban claros los fines de la acción. No se podía actuar, si no se tenía clara una idea del Bien. Pues en nombre de ese Bien se cometieron las peores atrocidades, y de esa especie de neurosis ética, aún padecemos algunas secuelas dogmáticas, las más peligrosas, por cierto, disfrazadas hoy de radical escepticismo y cinismo.

Una de las razones por la que la ética y la política cada día están más disociadas, se debe a los intensos candelarios electorales, a la dinámica de consultas y referendos, que obligan a las opciones políticas a reevaluar constantemente (no sólo reevaluar, a veces incluso a deponer o traicionar) sus fines en función de tácticas electorales y electoreras. Todos esos cálculos enfatizan no los objetivos éticos de una política sino el maquillaje, la representación, la puesta en escena de la política en los medios de comunicación. De allí que sintamos, cotidianamente, el peso que tienen las interpretaciones, las representaciones, las versiones, los montajes y estéticas “en caliente” del juego político: sin percepciones positivas no hay ninguna posibilidad de lograr objetivos, mucho menos éticos. Si la era ética puede calificarse de neurótica, la era política a secas puede ser asociada con la histeria de las representaciones.
La política a secas tiene, dependiendo del momento electoral que afronte, ciclos de profunda diferenciación (establecer marcas a partir de lo que se rechaza o de lo que se afirma, establecer fines claros, como el del socialismo del siglo XXI, por ejemplo) y ciclos de profunda mimetización (el de una oposición que no quería retratarse jamás en los programas sociales, en las misiones, en el color rojo y que hoy apuesta a enrojecidos pregones que hablan sin pruritos “del cambio”).
¿Si no tomamos en cuenta esas nuevas formas de relación o no-relación entre la ética y la política, basadas en el pragmatismo y en la noción de realismo, alguien podría explicar el giro copernicano del discurso de Chávez entre el 2007 y el 2008? Después de los indultos por el 11-A y el paro petrolero, la reconciliación algo forzada con el presidente Uribe, la defensa de un pacto productivo con la empresa privada, la necesidad de reestablecer relaciones con reyes decrépitos y soberbios, todo esto parece indicar que si el año 2007 fue el año ético por excelencia (sostenido en firmes objetivos, y en el hecho de no transigir en el deseo de lograrlos a través de la reforma) este es el año político por excelencia, es decir, el año de la soluciones pragmáticas, del cálculo por renta electoral, el año de diferir las demandas que subrayan el profundo antagonismo social que aún vivimos. Paradójicamente, este parece ser el año de la supervivencia y del conservar.
¿Se ha invertido entonces la manera de tipificar los bandos políticos en Venezuela después del 2-D, es decir, los que pregonaban el cambio ahora quieren conservar y los que antes querían mantener un férreo catenaccio hoy buscan el cambio? Si invertimos los roles, cometeríamos otro maniqueísmo pero a la inversa, que desconoce otros aprendizajes ciudadanos, otros valores ideológicos que se han venido sedimentando más allá de la lógica electorera.
Habrá que esperar los resultados de noviembre para apreciar cómo se recompondrán, por enésima vez, las relaciones entre ética y política en la Venezuela del siglo XXI. Lo que parece vislumbrarse, desde la medianía pragmática que vivimos hoy, es que vendrá un tiempo menos ético y categórico. ¿Quiénes capitalizarán ese vacío, esa laguna negra donde se están enterrando algunos ideales que han sido fundamentales en estos años para agrupar, movilizar e identificar?

7 comentarios:

Hugo Prieto dijo...

Ha vuelto Bujanda, con sus ensayos políticos. Bienvenido hermano, a esta trinchera de la que no saldrás ni saldremos vivos.
En Venezuela no hay espacio para la ética. Un país que vive de la renta petrolera, que se esfuerza por simular una economía productiva, pero que pone toda las barricadas para impedir el tránsito hacia ella, no puede decir que aspira cambiar el modelo económico, sin ahogar la ética de la política en el intento. Bujanda, los deseos no empreñan y las palabras tampoco. Al escuchar a Chávez hablar de los apagones, por ejemplo, vemos a un político excentrico que convierte a un bombillo o un televisor en un objeto de codicia burguesa. ¡Qué vaina es esta! ¿Las primeras medidas de racionamiento?
Lo mejor es que este fracaso va quedando al desnudo no por efecto de una oposición política, sino por la propia lógica y dinámica de los hechos. Aquí no hay oposición, Bujanda, ni práctica reactiva a la escuela de fútbol italiana. No le pidas prestada una herramienta a Ignacio Avalos para hablar de lo inexistente. Nunca como en esta etapa, habíamos visto a la clase política que se opone a Chávez, suicidarse en primavera. Entonces, hermano, ¿dónde está la búsqueda prágmatica de un resultado electoral? ¿Dónde queda el afán de marcar y defender la ventaja? NO HAY OPOSICIÓN, Bujanda, NO EXISTE. ¿COÑO, NO LO ENTIENDES?

IERL dijo...

Hector, lo que dices es que, básicamente, fuimos, somos y parece que seremos los mismos, generación tras generación, utilizando a veces unos argumentos, y a veces otros, para hacer lo mismo una y otra vez, es decir, siempre procurarnos el poder por el simple deseo de tenerlo, sin realmente construir con el. El cambio parece estar en otro lado, parece estar en la calle, en la gente. Lástima que el orden mínimo que necesitamos, como gente que somos, no está disponible, y no siempre sabemos como llegar a él, de manera de realmente convivir y construir. Un Abrazo,
IVAN ROJAS LOYNAZ ( El esposo de Raque).
PD. Un placer leerte.

Héctor Bujanda dijo...

Hugo, hermanazo, aprovecho para hacerle propaganda a tu novela, de próxima aparición: Vivir en vano.

Sin embargo, y a pesar de que "vivir en vano" no sea más que una metáfora, tenemos que reconocer lo verídica que puede llegar a ser si se pierde definitivamente la brújula en este país. Gran preocupación.

A pesar de todo, creo que saldremos vivos, no sé si en vano, de ésta y de las que vendrán.

Paso a decirte rápidamente lo que pienso:

1.-Los deseos y las palabras sí empreñan, Hugo: todo lo que se ha hecho, en términos ideológicos, para presentarnos ante el mundo una imagen edulcorada del mercado, como llave clave e indiscutuible para el progreso y el crecimiento, como base inamovible desde la cual pensar la política, el sexo, la moral, la ética, eso parte de un deseo y de unas palabras que empreñan. Eso lo saben bien los filósofos comprometidos con el giro linguístico y con la máxima austiniana de "cómo hacer cosas con palabras". Como diría Heidegger, toda época tiene una "Stimung", una especie de tonalidad que nace de las cosas y determinan al ser en común, con palabras y deseos. Así que trabajamos, humildemente, para construir otro tono, o al menos colaborar para que el tono del siglo XXI no parta de la coartada del liberalismo y su mercado como centro y ombligo del mundo.

2.-Todo triunfo y todo fracaso, quiero pensarlo así, reponde a cierta dialéctica, a cierta disposición de fuerzas en tensión. La Opisición existe y existirá más allá de sus dirigentes y de los medios de comunicación que los postulan, más allá de los empresarios y sus cámaras podridas. Hay oposición, desde el momento mismo que alguien renuncia a montarse en el tren de la revolución, que resiste, que pasa agachado, que reacciona. No es necesaria la dirigencia política para que se exprese una parte del país, y el último ejemplo nos lo dio el 2-D. La oposición existe, está en todos lados. SÍ EXISTE, ¿COÑO, NO LO ENTIENDES?

3) A mí me preocupa, sobremanera, que para unas consultas electorales se le pida a la gente, al país mayoritario, posturas categóricas, posiciones ideológicas fuertes y al cabo de unos meses, y para otra consulta, se le pida a esa misma gente que no sea tan radical, que se transe, que se calle, que difiera sus arrecheras con el país del confort, de las roscas productivas, de los especuladores, de la corrupción y el neorriquismo. En ese sentido tienes razón, una lógica política que se desdice constantemente, y ese es mi gran temor, corre el riesgo de balcanizarse, dispersarse, confundirse monstruosamente, como ha ocurrido en estos diez años con la oposición. La lógica electorera no ayuda a consolidar nada, y al final lo que se consolida en su lugar es la derecha, que no pierde espacios reales y concretos. Las palabras empreñan, los deseos también, pero hay que hacer con las manos el resto, compadre. Tu eso lo entiendes.

3.-La gente, y eso lo pienso a propósito del gran amigo Iván, es determinante en este proceso. Aunque no estemos tan dispuestos a verlo, hay cosas que han venido cambiando desde abajo, quizá no a la velocidad que quisiera el chavismo, no con la prestancia civilizada que quisiera la oposición. Pero ahí vamos, ahí va el país, aprendiendo cada día cómo puede cambiar una sociedad y ajustarse más o menos a lo que cada uno piensa o espera de la misma. Venezuela es un gran laboratorio y debemos aprender a exigir más ante los interesas acomodaticios que se reparten en las altas esferas...

Un abrazo para los dos

Anónimo dijo...

Hola Hector, te escribe Carlos Pernalete (el Nené para entendernos), saludos y enhorabuena por el regreso. Es indiscutible que el retorno de la política, y sobre todo de la conciencia política de la población, es y será uno de los mayores logros de este período. Creo que el más importante, de hecho. Que las amas de casa de la clase media, la señora de la bodega, el vigilante del banco, los estudiantes, o el ejecutivo de una trasnacional que no puede vivir sin la Blackberry hayan abandonado la apatía que cundía en este país desde los 80, y discutan, respiren y transpiren política (así sea desde la ignorancia, la ingenuidad o la inmediatez) no tiene precio para la generación o el proceso de cambio. Eso es algo que nadie le podrá quitar nunca a Chavez. Trajo de vuelta el interés por lo colectivo, por lo público, y generó una espectativa de cambio que será dificil de aplacar, seas del bando que seas. El problema, sin embargo, es que estamos enfrascados en lo que tu bien defines, entre la reforma y el conservadurismo, entre el surgimiento de una nueva dirigencia y el sostenimiento de la antigua. Y la gente en medio, observando a veces el partido, esperando el cambio que le permita jugar. Son bien conocidos los desencantos que tanto chavistas como opositores tienen con su respectiva dirigencia, y es ahí tal vez donde se genere la formula alternativa al atolladero político del día al día. Pero no la tenemos fácil, demasiados vicios persisten en nosotros aun. Vicios que conviven peligrosamente con los deseos de un mejor futuro. Es ahí donde veo el principal problema. Como sacarnos de encima el clientelismo, el amiguismo, y las nociones de corrupción que destrozan las buenas intenciones. Hemos madurado en estos 10 años en ese sentido? Encuentra la ética lugar dentro de la lucha por el poder? Un abrazo

Anónimo dijo...

Estimado Héctor,

felicitaciones por tu nuevo blog. Hace tiempo te buscaba en la red y no te encontraba. A la discusión política venezolana le hacen falta comentaros como los tuyos, que vayan más allá de las cosas más obvias, lo que no quiere decir que esté de acuerdo en todo con tu visión de la situación nacional. Coincido contigo en que sí hay una oposición que no siempre es la misma de los partidos políticos de oposición; diría que, de hecho, hay varias oposiciones. Noto en tus análisis profundidad en desarmar los argumentos totalizadores de la derecha, pero no mencionas -al menos yo no le he notdo, o no he leído los textos donde lo hagas- uno de los grandes males de la izquierda chavista: el desmedido abuso del Poder, que se expresa en acumulación de atribuciones en la figura presidencia, en la solidaridad automática que permite una corrucción sin freno, en la transformación de un naciente movimieno popular de gran riqueza en aparato partidista, en
el sectarismo apabullante del sector cultural (y te lo dice alguien que sabe lo que es estar en una lista negra... que por supuesto no existe). En fin... son muchas cosas.
No te escribo a tu blog porque se necesita una cuenta google y yo no tengo, y me da flojera abrir una.

felicitaciones otra vez

y un abrazo,

Rubi Guerra

Anónimo dijo...

Gracias Héctor por enviarme este importante conjunto de trabajos. Leí ya el que sirme como de presentación, que refiere entre otros cosas a la relación entre ética y política a propósito de la coyuntura electoral. Concuerdo con la apreciacíón que ahí se hace. Yo lo he dicho también entrándole por la relación entre los espacios de lucha social y los espacios electorales. La realidad es que los espacios de lucha social y todos sus motivos y sentimientos, son dejados de lado por los intereses electorales, que son una puja por el poder constituido que arrasa con el poder constituyente y pone en la superficie los sentimientos y posiciones más conservadoras, más reaccionarias. De esa manera, gane quien gane, en el fondo gana la derecha, el pensamiento y la práctica contrarrevolucionaria. No importa quien la liderice. Bueno, pero esto es más largo, solo quería saludar esta iniciativa y reconocer su aporte en un momento tan urgido de reflexión y de otra práctica política. VAmos a ver cómo se recogen los vidrios rotos después del 23 de noviembre. Con todo respeto y solidaridad,

Julio Escalona

Héctor Bujanda dijo...

Rubi, querido amigo, gracias por pasar por aquí. Quizá tengas razón con tus observaciones, pero he tratado todos esos temas en diferentes textos que están regados en este blog y en el anterior. Esos son los temas cruciales para una izquierda que quiera estar a la altura del siglo XXI, y son temas que aparecen constantemente como una gran paradoja en el proceso político concreto venezolano. Esos temas tienen que ver, aunque no lo voy a desarrollar aquí sino en otro texto largo, con la naturaleza misma de los procesos polítcos transformadores, que ya no responden a recetas conocidas, ni a manuales, ni a evangelios. No hay rutas precisas, solo máximas:

1)¿El poder para qué? Sin duda, para democratizarlo, para redistribuirlo, para diversificarlo, para transferirlo, y sobretodo para hacer visible lo que antes era invisible para un sector dominante de la sociedad. Sin embargo, la política no es un juego tan simétrico, tan perfecto. La democratización del poder es un asunto que ha sido pensado desde la Grecia Antigua sin que podamos ponernos de acuerdo enteramente en el cómo, y siempre un sector considera un valor y otro lo contrario con este tema. La política es un asunto no de repartición entre iguales sino de arquitectura, ingeniería y plomería que produce otro orden, con nuevas formas de poder y dominación. No soy de los utópicos de librito. En el camino aparecen muchos abusos y resistencias a esos abusos. En esa dialéctica estamos, midiendo y evaluando constantemente los espacios que se abren y los espacios que se cierran en este proceso.

2)¿El papel del líder? Fundamental en todas las dinámicas de agrupamiento, cohesión y organización política. El líder, no sólo como una entidad carismática y encarnadora de voluntades populares, es sobretodo el líder porque es un explorador de caminos, es el tipo que rompe celdas y consensos buscando ampliar los espacios de participación y democratización, inaugurando trayectos nuevos para la ciudadanía y los conglomerados sociales. Cuando el líder bloquea las demandas de cambio de los sectores que le acompañan empieza una especie de desdibujamiento del proyecto político. A 10 años de la llegada de Chávez, me resulta muy difícil evaluar cuánto bloquea Chávez el proceso de democratización y cuánto lo amplía, porque es obvio que se han ganado grandes espacios para la acción política y la lucha de derechos. En esas ampliaciones, lamentablemente, han aparecido también oportunidades para los vivos, para los corruptos, para los funcionarios de segunda, para los oportunistas. No te creas que el otro país, el que se piensa fuera de la revolución, hay un mar de ciudadanos ejemplares, impolutos, rectos, horizontales y solidarios.

3) ¿Para qué un partido? Los fetichistas institucionales, y eso le salpica a la oposición más que al chavismo, creen que los partidos deben ser los mecanismos de mediación entre la Sociedad y el Estado. Yo no estoy seguro que la idea de Partido pueda recomponerse en el siglo XXI y de allí que una buena parte de la sociedad no se vea representada en ellos. Hay analistas lúcidos, como Margarita López Maya, que han alertado sobre la necesidad de construir esos aparatos que la sociedad viene despreciando desde mediados de los 80, cuando enterraron en el imaginario a AD y Copei. Veo ese tema como un país que se resiste a las formas conocidas, a las representaciones claras, a las disciplnias verticales y a las organizaciones estrictas. La opacidad sigue siendo nuestro signo social, y la mejor garantía para pensar el proceso de cambios. De allí que yo relativizaría hasta nuevo aviso el tema de la relación entre movimientos sociales y partido, dado que en esa operación siempre pierde el segundo.

Un abrazo para Julio y otra para Carlos, que me relevó en Barcelona y ahora piensa al país desde una distancia que es sumamente necesaria..

 
Free counter and web stats